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El 20 de febrero pasado se celebró la versión 29 del Festival Nacional del Bunde “Gonzalo Sánchez”. Un Festival que ha venido apostando por más de dos décadas a la composición de obras de música colombiana en formato vocal y que en sus inicios se convirtió en el más importante del país, incluso más que El Festival Mono Núñez.
En la mayoría de festivales importantes de Colombia, la canción inédita es la cenicienta, decía Jorge Alonso Camacho, participante del concurso, pues se le presta más atención, por ejemplo, a la ejecución instrumental de los participantes. Este reconocido cantautor ve en este festival una alternativa para que por medio de la composición de música colombiana, redefinamos nuestra identidad como colombianos. Es así como el bambuco, el pasillo y otros aires, se descargan de la responsabilidad de mostrar “un país rural que ya no existe” y se acercan más al individuo-músico en su cotidianidad; una cotidianidad más enraizada en la vida urbana.
En este festival los jóvenes hacen presencia con sus obras partiendo de sus experiencias académicas en los conservatorios y demás escuelas, donde la preferencia son otras músicas como la clásica y el jazz. Esto les permite, apropiarse de otras armonías y otras letras para contar que “se enamoran de otra forma”, como aseguraba “Teto” Quintero participante del concurso; sin desconocer eso sí, el pasado de nuestra música; propiciando con ello una “renovación generacional dentro de los participantes” y concursos.
Cantando en la Caimanera.
Dos días podrán ser suficientes para un festival; sin embargo, en el caso de El Festival Nacional del Bunde nos queda la sensación de su paso fugaz. Las oportunidades para que el público tenga acceso a los participantes se reducen a dos espacios: la retreta musical en La Caimanera y el concierto de premiación en el parque principal. Me permitiré hacer una breve descripción del primer sitio.
La Caimanera es un malecón turístico ubicado a orillas del Río Magdalena. A diez minutos en bus del municipio de El espinal; este malecón es casi tan grande como una cancha de fútbol. Enmarcado por una abundante vegetación, un enorme kiosco espera a los participantes quienes se disponen para que el público escuche las dos canciones que el jurado les permite ejecutar, tan cerca que se pierden entre ellos. A la Caimanera se llega por una carretera que por tramos está pavimentada y por otros es un camino destapado. Este sitio, que constituye la única oportunidad real de acercamiento de la gente a los músicos, es de difícil acceso, pues a parte del ya mencionado camino, no hay un transporte que lleve y traiga a la gente. ¿Qué pasaría, si en coordinación y en apoyo al comité logístico del festival, se crearan estrategias turísticas para que se pudiera disponer de un bus que llevara a la gente a La Caimanera cada veinte minutos? Esto sería un impacto importante en la cotidianidad de la gente donde no sólo gana el festival, sino también el turismo y los mismos habitantes de este municipio. Un ejemplo es El Festival de Requinto Colombiano en Charalá (Santander), donde una chiva recorre el pueblo acercando el festival a todos los que se cruzan en su camino.
En la búsqueda de apoyo.
Ancizar Castrillón, compositor y participante de esta versión decía: “En la cultura todos los procesos son aislados”. Y vaya si tiene razón. Los apoyos para festivales son dádivas. El desarrollo de un evento cultural se enfrenta a la incertidumbre de no saber cómo les irá con cada administración. Los procesos no son continuos y sin esto, no se puede aprender de los errores... Qué pena que El Festival del Bunde no sea inmune a esta realidad.
Nos encaminamos así a la versión 30 de este festival. La expectativa es grande para muchos compositores (sobretodo jóvenes), que esperan que estos espacios se fortalezcan. Carolina Giraldo, única mujer que estuvo presente en la final (y no porque las mujeres no sean permitidas en este festival, sino porque fue la única que pude poner su obra dentro de las 11 finalistas), dijo algo que me permitirá terminar esta columna: “Creo que en la medida en que evolucionemos con nuestra música, nueva gente va empezar a llegar a quererla y a sentirla como propia y no, como algo del pasado que solamente oyen nuestros abuelos”.
*En entrevista con Bandolitis.com, Jorge Alonso Camacho pronuncio esta frase para referirse a la presencia de jóvenes en el festival.
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